miércoles, 24 de agosto de 2011

LA FILOSOFÍA Y LA DEFINICIÓN DE IDENTIDAD DEL ESTUDIANTE.



El joven necesita, ante todo, definir su identidad. El adolescente se pregunta ¿Quién es él? El muchacho de una manera consciente o inconsciente se pregunta: “¿Quién soy yo?” Él está buscándose a sí mismo, y por ello debe tratar de responder a esa pregunta antes de preguntarse qué hará en la vida. El joven busca su propia identidad, ya que una de las tareas de la adolescencia es saber quién es él realmente. En la búsqueda de identidad el estudiante debe ir integrando no sólo los elementos nuevos que han surgido dentro y fuera de él, sino también debe asumir toda su vida pasada que no puede ser eliminada. Según Estanislao Zuleta, la identidad es la esencia de nuestro ser; y la desgracia de nuestro ser es que no tengamos una identidad dada, que tengamos que conquistarla, con nuestra vida, con nuestra historia.  Y agrega que la persona es capaz de hacerse matar en la búsqueda de una identidad, que es lo que más nos hace falta; que es lo que más nos oprime no tener. La identidad coincide con la totalidad del ser.

La identidad se define como el conjunto de rasgos propios de un individuo que lo caracterizan frente a los demás, o como la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás, o el hecho de ser alguien o algo, el mismo que se supone o se busca. Según el psiquiatra Sergio Muñoz Fernández[1], entendemos por identidad la sensación de continuidad y mismidad, es decir, de ser uno mismo y lo que le permite al individuo diferenciarse de los demás. La identidad indica la individualidad de cada persona para definirla en función  de sus propios atributos personales. “La palabra identidad también se usa para referirse a la coherencia de nuestro propio yo, tanto física como psíquica a lo largo del tiempo”[2]. Su propia identidad es el conjunto de conocimientos acerca de quién es y qué es. Los adolescentes necesitan desarrollar sus propios valores y asegurarse que no están simplemente repitiendo sin pensar las ideas de sus padres, porque éstos no siempre están dispuestos a realizar los sueños y aspiraciones de sus progenitores. Ningún adolescente quiere ser copia de otra persona, así sean sus padres, por más que los ame y respete. “Ésta es la época de los ideales y de las utopías, que hacen variar el comportamiento ante familiares y personas conocidas”[3].

El problema crítico en esta etapa, según el psicólogo Eric Erikson, consiste en encontrar la propia identidad. En su opinión, la identidad se logra al integrar varios roles en un patrón coherente que le brinde el sentido de continuidad o identidad internas. “El problema básico de la adolescencia es establecer un sentimiento seguro de identidad. Desde el punto de vista del joven esto es esencialmente contestar al interrogante: “¿Quién soy yo?”[4]. En concepto de Erikson, ese ¿Quién soy yo? Es la ideología del adolescente. “Esta ideología es el marco básico dentro del cual los adolescentes se ven así mismos y su mundo y, lo que es más importante, evalúan sus experiencias cotidianas. Éstas son básicamente las ideas que utilizan para entender el mundo, más el sistema de valores que les sirve de base para juzgar lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. En lugar de verse a sí mismos en función de diversas sensaciones físicas o de diversos papeles,  la ideología del adolescente le da una base para obtener un sentido integrado de sí mismo, lo cual le da a su vida dirección y significado”[5].

Durante la adolescencia, el joven tiene que descubrir quién es él en realidad, debido a que su problema esencial consiste en construir un sentimiento seguro de identidad, es decir, contestar de manera satisfactoria para éste al eterno interrogante de “Quién soy yo?”. Un sentido claro de su propia identidad implica saber “¿quién soy yo y qué quiero de la vida?”. Durante la adolescencia el joven ingresa dentro de sí mismo y se formula diversos interrogantes metafísicos, porque quiere ir más allá de lo cotidiano, de su realidad inmediata, en procura de buscar la razón de su ser íntimo y de quienes lo rodean para desarrollar su ser auténtico; así, logra liberarse de su inseguridad y de su hastío. El psicólogo Robert S. Feldman, plantea que “para casi todos los adolescentes, responder a las preguntas “¿quién soy?” y “¿cómo encajo en el mundo?” representa uno de los retos más complejos de la vida. Aunque estas preguntas se siguen planteando a lo largo de la vida de una persona, en la adolescencia toman un significado especial”[6]. Esta etapa de la vida, estudiada por Erikson –conocida como identidad versus confusión de roles-, “representa un período de prueba importante, ya que las personas buscan y quieren determinar lo que es único y especial respecto de sí mismas. Intentan descubrir quiénes son, cuáles son sus habilidades y qué tipos de papeles podrían desarrollar mejor el resto de su vida –en resumen, su identidad-. La confusión al elegir el rol más apropiado puede provocar una falta de identidad estable, la adquisición de un rol socialmente inaceptable como es el del delincuente, o dificultad para mantener, en el futuro, relaciones personales fuertes. En el período de identidad versus confusión de roles, es palpable una gran presión por identificar lo que deseamos hacer con nuestra vida. Debido a que esta necesidad espera de ellos, los adolescentes puedan encontrar esta etapa especialmente difícil. La etapa de identidad versus confusión de roles tiene otra característica importante: minimiza la dependencia en los adultos como fuentes de información, y un viraje hacia el grupo de pares como fuente de juicios sociales”[7].

En la búsqueda de tan compleja respuesta, el adolescente atraviesa por la amarga etapa de los ensayos y errores, que no siempre se manifiestan en cambios extremos de un punto de vista a otro. En el joven son normales los períodos de hondas preocupaciones por determinar qué es lo verdadero, qué es lo falso, qué es lo bueno, qué es lo malo, qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. La adolescencia es una etapa de compromiso con los valores, esperanzas e ideales que en el futuro se convertirán en el centro interior de la identidad del joven. “La adolescencia es la época en la que las y los jóvenes definen su posición ante la familia, sus compañeros y compañeras y la sociedad donde viven… Los y las adolescentes comienzan a tomar riesgos y a experimentar; se comportan de esa manera debido a que están pesando de un mundo centrado en la familia a un mundo centrado en la comunidad, dentro del cual empezarán a definir su propia identidad”[8].

En el complejo proceso dinámico, sinérgico, sistemático, holístico y  dialéctico de desarrollar su propio sentido de identidad, el adolescente prueba diversos puntos de vista, oscilando a veces de un extremo a otro en breve tiempo, reflejando la pauta de ensayos y errores en búsqueda de valores y creencias que puedan servirle de referencia ideológica para su adecuada identidad.  En esta etapa clave de la existencia se desarrolla en el adolescente un sentido íntimo y fundamental del yo, una idea de identidad que va más allá de sensaciones físicas o de roles sociales.

En este período, en el que, por su condición natural de ser un individuo único e irrepetible, no quiere ser copia de los demás, anhela experimentar un sentimiento de independencia y de ser una persona única por derecho propio. “Tal vez la tarea más importante de la adolescencia es descubrir quién soy yo realmente. Los adolescentes necesitan desarrollar sus propios valores y asegurarse que no están simplemente repitiendo sin pensar las ideas de sus padres. Deben descubrir lo que pueden hacer y sentirse orgullosos de sus propios logros. Queridos y respetados por lo que son: los adolescentes buscan su identidad en muchos espejos”[9].

El joven que alcanza la definición de su identidad no debe actuar o tomar sus decisiones fundado en órdenes, costumbres o caprichos. Fernando Savater, en su libro Ética para Amador
 (dirigido, precisamente, hacia a los adolescentes), señala que para no ser borregos hay que “pensar dos veces lo que hacemos”, es decir, reflexionar profundamente sobre nuestros actos; porque, para hacer uso legítimo y responsable de nuestra libertad, “más vale alejarse de órdenes, costumbres y caprichos”. En la dimensión de la libertad, el obrar humano no puede estar condicionado por órdenes, costumbres, caprichos, premios o castigos, es decir, con fundamento en aquello que quiere gobernarnos desde afuera. Se debe obrar  desde dentro de nosotros mismos, desde del fuero de nuestra propia voluntad, buscando hacer lo bueno para nosotros y para los demás.

Como el joven necesita saber qué es lo que en realidad quiere, no puede ser imbécil, ética y  moralmente hablando.  Esta imbecilidad se refiere a la ignorancia de no saber darse la buena vida. “Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo”. Hay varios modelos de imbéciles que “necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias: a. El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente aunque tenga los ojos abiertos y no ronque. B. El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez. C. El  que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de los vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que lo rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa. D. El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina haciendo siempre lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado. E. El que quiere con fuerza y ferocidad, en el plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo”. El imbécil necesita bastón,  o sea apoyarse en cosas de afuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Un imbécil, es decir, o lo que es lo mismo, un borrego no se toma la libertad en serio, y “lo serio de la libertad es que cada acto libre que hago limita mis posibilidades al elegir una de ellas”.  Como vivimos en un mundo de posibilidades, hay que elegir. Libertad es poder elegir lo que hacemos o decimos; “esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por lo tanto no lo quiero”. La libertad nos permite decidir, pero es importante saber qué estamos decidiendo. Para esas decisiones hay que pensar mucho, porque muchas veces tenemos ganas de hacer algo que se vuelve en contra, y nos arrepentimos. Debemos elegir por nosotros mismos. Tenemos que ser capaces de “inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno”.  Para ser auténticamente libres no debemos preguntarle a nadie qué debemos hacer con nuestra propia vida, debemos preguntárnoslo a nosotros mismos. “Si deseas saber en qué emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro y de otros, por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad… a la libertad misma”[10].

Este hombre  “imbécil” del que nos habla Savater tiene estrecha relación con el hombre con “minoría de edad” (incapacidad valerse de su propio entendimiento o de hacer uso de su razón) de Kant, con el hombre “unidimensional” (perdido en la racionalidad tecnológica) de Marcuse, con el hombre “inauténtico” (que vive en estado de interpretado: no interpreta nada, y es interpretado constantemente; vive inmerso en el discurso del otro, vive todo el día recibiendo el discurso del otro, formando su inconsciente o su conciente, su subjetividad; vive en medio de una avalancha de informaciones, de interpretaciones.) de Heidegger, con el hombre “sin atributos” (una especie de ser vacío, sin destino, sin iniciativa propia, sin propiedades, sin relación consigo mismo) de Musil, con el hombre “masa” (que no pretende hacer con su vida ninguna cosa particular, y no puede, ni quiere, ni concibe, detenerse en su acción inmediata, en su carrera desenfrenada por satisfacer sus apetitos) de Ortega y Gasset, con el hombre “mediocre” (imitador, envidioso, sin ideales, rutinario, sin personalidad, pobre en carácter, pasivo, pacotilla, normal, vulgar, incapaz, conformista, sombra, hipócrita, vicioso, domesticado, inferior, tránsfuga, conservador, infame, servil, sancho, dogmático, espíritu débil, adulador, quitamotas, adocenado, malediciente, criticastro, perezoso, funcionario, ambicioso, contemplador, ambiguo) de José de Ingenieros,  con el hombre sin espíritu crítico (no piensa por sí mismo), con el hombre “vanidoso” de Fernando González Ochoa (vive de apariencias, es un ser vacío, imitador, “copietas”, le falta personalidad), con el hombre del “rebaño” (el hombre borrego)…  Con respeto al hombre borrego, es procedente poner atención  a lo siguiente:

“Su proyecto de vida consiste en no pensar ni decidir por sí mismo, es el hombre masificado y despersonalizado, hecho según moldes sociales. Dependiente de las personas y del ambiente, cede sin resistencia a los estímulos de la propaganda y se amolda fielmente al pensar, desear y vivir del medio: "donde va Vicente, donde va la gente". Elige sin criterio personal. Al escoger trabajo, profesión, sigue el gusto de sus padres, de sus amigos o de la moda. No soporta estar solo un momento. Su ley es seguir a la mayoría y en rebaño va donde lo llevan”[11].

Como el adolescente se está examinando, reexaminando, evaluando y reevaluando, comparte o confronta sus puntos de vista, sus opiniones, sus cosmovisiones y su particular manera de percibir, interpretar y sistematizar la realidad, se interesa por los valores, las creencias, los ideales y las expectativas de los adultos, y de esta forma desarrollar con confianza su sistema de valores y lograr un seguro y maduro sentido de identidad. Si el joven tiene el conocimiento, el valor, la osadía, la voluntad y el denuedo inteligente, posee las herramientas de fondo y con sentido, que le indicarán a dónde ir y qué es lo que quiere, porque si éste no sabe a dónde va, ni cómo va, posiblemente llegará   a otra parte.

La psicóloga Leonor Noguera Sayer precisa que gracias a la identidad, como elemento constitutivo del ser humano, somos como somos en cada momento, y se teje como un hilo conductor que reúne nuestras imágenes parciales para hacernos unitarios e integrados a pesar de los diversos movimientos, respuestas y actuaciones. Esa identidad se alimenta y se refleja, además de  lo físico, en lo psíquico, en donde se resume en la manera de pensar  y de sentir. “A su lado podemos hablar de lo social, como el escenario para la interacción desde el momento del nacimiento y de donde provienen mensajes continuos de lo que en ese grupo y ambiente se considera prioritario, bueno o malo, motivo de reconocimiento o prestigio o de rechazo y censura. En la vertiente social de la identidad está el complejo conjunto de valores, creencias, modas, etc., que dan fisonomía a un grupo humano determinado, y que influyen en la identidad del mismo y de los individuos que lo conforman… La identidad no es sinónimo de semejanza ni remedo o culto al pretexto cronológico con que se patenta la madurez o la sabiduría; la identidad es un complejo de resultado de cada momento, donde lo propio es lo original, con infinitas posibilidades de expansión… La verdadera identidad recrea la experiencia a través de la reflexión y, con el concurso del pensamiento, es capaz de demoler las murallas que hasta entonces guardaron lo propio como la verdad única. La identidad fundamental es el eterno descubrir los infinitos proyectos que habitan en el interior de cada uno y que se fortifican o mueren en los ejercicios de interacción… La identidad, como fuerza que pugna por conservarse igual a sí misma, extiende sus dominios al terreno de los conflictos psicológicos, de las angustias, de los dolores… Los deseos, las necesidades, los sentimientos, las habilidades y/o las limitaciones, convergen en la trama compleja y más profunda de la identidad, que trasciende de lo convencional y, paradójicamente, a nada le otorga un valor absoluto; en su esfuerzo de autocrítica permanente, reconoce la importancia de las nuevas experiencias como océano inagotable de enseñanzas, ajustes y cambios, que conducen a otras definiciones para la vida”[12].

El logro de la identidad es tan crucial para el proyecto de vida del joven, porque ésta depende que se viva de acuerdo a como se piensa y no se termine pensando de acuerdo a como se vive. No se puede vivir de la vida del otro en lugar de vivir la propia vida. Si se quiere construir un proyecto de vida que posibilite la autorrealización y la búsqueda de la felicidad, supremo fin de la existencia, hay que vivir conforme a como se piensa. Pensar de acuerdo a como se vive, es decir, vivir una vida inauténtica, inexorablemente conduce a optar por opciones como la delincuencia, la drogadicción, la cultura  “traqueta”, las ideologías, los dogmas religiosos, el facilismo, la mentalidad del “rebaño”, los idiotas útiles para los oscuros procesos electoreros…  El referido psiquiatra Muñoz Fernández aclara que “una transición adecuada de la adolescencia permitirá al chico o a la chica encontrar “eso” que andaba buscando que es justamente su identidad; le permitirá establecer una relación diferente con sus padres, con amigos, con intereses diversos pero definidos, por ejemplo, decidir qué quiere estudiar y elegir una pareja con la cual pueda compartir su vida”[13].

El filósofo y psicólogo Luis Duravía precisa que los adolescentes tienen necesidades de seguridad, de independencia, de experiencia, de un ideal de vida, de encontrarle sentido a la vida, de sentirse en paz con todos y con la naturaleza, de expresar en forma simbólica su interioridad recién descubierta, de intimidad, de ídolos, de amistad y de amor. Así mismo, necesita, para su armónico equilibrio, lograr la condición de independencia, modificar su sistema de valores, desarrollo de su heterosexualidad concreta y serena, y buscar una nueva y definitiva identidad. Esta última es tan importante que podría considerarse como el resumen de todos estos logros o tareas.

En concepto de Duravía, el adolescente tiene que ir reorganizando todos los elementos nuevos que han entrado en su cuerpo y en su psique y llegar a dar una respuesta a la pregunta “¿Quién soy yo?”, porque solamente si llega a definir bien su propia identidad, evitando la confusión y dispersión, podrá el adolescente llegar a la intimidad, saliendo de sus propias fronteras. Aclara que no se trata sólo de la identidad sexual, sino la identidad en todos los aspectos que le permitan definirse como persona por lo que es y lo que vale, y con las ideas claras de lo que se propone, y también identificar sus propios principios, creencias, cosmovisiones… como aspectos distintos de los que tienen los demás; es decir, en particular a la identidad del yo como persona independiente. Eso sería lo que Erikson define como la intensa experiencia de la capacidad del yo para integrar esas identificaciones con las vicisitudes de la libido, con las actitudes desarrolladas con base en talentos innatos y con las posibilidades por los diversos papeles sociales. 

El fracaso en la construcción de la identidad del adolescente puede traer graves consecuencias, debido a que ésta es una de las tareas más importantes de ese momento de la existencia del joven. Entre éstas, según Duravía, encontramos que los eventos nuevos que acaecen en su vida lo pueden desequilibrar; puede hallar dificultades para definir bien sus límites y posibilidades; es posible que sea refractario a las relaciones afectivas que es esencialmente la salida de sí mismo, apertura, donación, ruptura de los propios límites (en opinión de Erikson, los mismos amores de los adolescentes –que requiere confianza, autonomía, iniciativa, sentido de industriosidad y de identidad- son en gran parte un intento por definir su propia identidad proyectando sobre otra persona la imagen que tienen de su propio yo, para así verla reflejada y con más claridad); la confusión de identidad le ocasiona cambios frecuentes de opinión, de actitud, y hasta de moralidad con el transcurso del tiempo, de los lugares y de las personas con las que trata; la difusión de identidad le dificulta armonizar los estados interiores del yo con frecuencia contradictorios, sin que logre concluirlos. Así se encuentra que el adolescente “no tiene la capacidad de reflexionar críticamente sobre su propia conducta, es incapaz de unas relaciones estables con los demás, no tiene un sistema de valores claro y definido. En este caso el muchacho renuncia a gobernar su vida, a tomar decisiones y a la irresponsabilidad en la sociedad y se deja llevar por motivaciones inconscientes. El resultado más evidente es un estado de indecisión y confusión. Pero también se puede volver amargado y agresivo contra la sociedad y se aliena dedicándose a actitudes de protesta contra la sociedad misma; por ese camino llega fácilmente a la droga como medio para escaparse de sus decisiones y responsabilidades… Frente a la posible confusión de identidad, el joven se dará cuenta con pánico que el tiempo está pasando y que si no toma algunas decisiones el tiempo mismo las tomará en su lugar. Frente a las nuevas responsabilidades que asoman al final de la adolescencia el joven puede dejarse dominar por el miedo y huir dejando el estudio y la familia, renunciando a ocupar un puesto en la sociedad”[14].

Con respecto a “los amores de los adolescentes” a que se refiere Ericsson, un texto de filosofía del bachillerato precisa que el amor da origen a una especie de conciencia de orientación, conciencia de la dirección que la persona misma es en su más íntima esencia y que debe seguir si quiere tener la esperanza de ser capaz de consentir definitivamente a su existencia, a su ser, a la realidad total[15].

Aunque la difícil tarea de la construcción de la identidad del adolescente es una labor personal de cada uno de ellos, es fundamental el aporte de los agentes socializadores como la familia, la escuela, los jóvenes de su edad (coetáneos), los medios de información y la religión; pero en la labor de educadores corresponde básicamente a los padres de familia, a los coetáneos y a los profesores. El psicólogo Charles Morris señala que “según Erikson, la adolescencia es el tiempo en que los jóvenes buscan su identidad. Empiezan a tomar decisiones por sí mismos, proceso que es emocionante y que a la vez produce estrés. El adolescente está indeciso entre escoger uno u otro estilo de vida, pudiendo sufrir una crisis de identidad. El influjo de los padres parece ser el factor decisivo en su capacidad de establecer un sentido claro e independiente del yo. El grupo de coetáneos también ejerce presión para que se conforme a él. Las normas de los padres y de los coetáneos influyen en la manifestación de la sexualidad”[16].

A juzgar por lo que señala Morris, los adolescentes que tienen relaciones satisfactorias con sus padres tienen mayores oportunidades de lograr una fuerte identidad. “El influjo de los padres parece ser el factor más importante que afecta a la capacidad del adolescente para lograr un sentido claro independiente de su yo”, precisa el psicólogo O. Siegel (citado por Charles Morris). El psicólogo J. J. Cónger, citado por Morris, señala que “los adolescentes que tienen una relación satisfactoria con su padre y su madre tendrán también mayores probabilidades de adquirir una fuerte identidad”. El mismo Cónger asegura que los coetáneos también son importantes en la búsqueda de identidad. “En una época en que el adolescente debe escoger entre ocupaciones –indica-, estilo de vida, ideologías y modelos de roles sexuales de los más heterogéneos, la comprensión y el apoyo de los coetáneos es indispensable”. Feldman señala que la teoría de Erikson precisa que “paulatinamente, el grupo de pares tiene mayor importancia, lo que les permite entablar relaciones íntimas, parecidas a las de los adultos, y ayudar a clarificar su identidad personal”. Además de la importante y trascendental influencia de los padres de familia y de los otros adolescentes, en la búsqueda de la identidad del joven, también son decisivos otros factores que interactúan en la cotidianidad de éste. “En definitiva, el logro de una buena identidad dependerá de muchos factores, pero en particular de las etapas anteriores y de las motivaciones y valores que le ofrece el ambiente familiar y social”[17].

En el escenario educativo corresponde a los profesores y a los psico-orientadores, pero en quien recae una gran responsabilidad es en los docentes de filosofía. “El objetivo primero y fundamental de la educación es el de proporcionar a los niños y a las niñas, a los jóvenes de uno y otro sexo una formación plena que les permita conformar su propia y esencial identidad, así como construir una concepción de la realidad que integre a la vez el conocimiento y la valoración ética y moral de la misma. Tal formación plena ha de ir dirigida al desarrollo de su capacidad para ejercer, de manera crítica y en una sociedad axiológicamente plural, la libertad, la tolerancia y la solidaridad”[18]. El docente de filosofía debe transformarse en una especie de “consejero filosófico” con el ánimo de asesorar al discente y enseñarlo a filosofar, respetando su autonomía dentro de un ambiente de tolerancia y de diálogo asertivo, auténtico, biunívoco y argumentado, evitando el autoritarismo y el dogmatismo, y fomentando una actitud de empatía para que pueda potenciar sus facultades que le permitan saber dónde está, para dónde va y qué es lo que quiere. “En efecto, si no sabe definir quién es, qué valores tiene, de qué es capaz, tampoco sabrá qué hacer en la vida, será un eterno inseguro y dependerá de las opiniones de los demás”[19]. Quien no logre definir su identidad le será difícil reflexionar críticamente sobre su conducta, será incapaz de relaciones estables con los demás y no contará con un sistema claro y definido de valores. “Es necesario prever el ambiente favorable en el que, antes de cualquier otra cosa, se aprendan los sentimientos, los valores, los ideales, las actitudes y los hábitos de significación ético social. Es ésta una responsabilidad conjunta  primero de la familia y después de la escuela; formar  personas socialmente adaptadas de modo que, al salir del círculo familiar y escolar, puedan ocupar el lugar que les corresponden en la comunidad de los ciudadanos”[20]. En una dinámica sinérgica, padres y docentes, de manera segura, deberán ayudarlos y apoyarlos para afrontar este periodo de confusiones y contradicciones internas. Este binomio formador necesita “incrementar las normas, el orden y fomentar el acercamiento afectivo hacia el y la adolescente… Los y las adolescentes deben recibir orientación y preparación en esta etapa de su vida, ya que en ella se presentan grandes inquietudes y cambios emocionales de importancia; por lo tanto es indispensable que establezcan una fluida comunicación con personas de su confianza (padres y docentes)”[21].

Respalda mi aserto la novela filosófica El mundo de Sofía, que en sus comienzos interroga a la adolescente Sofía Amundsen con la pregunta más filosófica de las preguntas: “¿Quién eres?”[22]. Interrogante que, inexorablemente, transformará radicalmente la manera de pensar, de estar en el mundo y de ser de Sofía. A medida que se le plantean profundas inquietudes y aprende a planteárselas con profundidad ella misma, ésta va aprendiendo a desarrollar y fortalecer su espíritu crítico, a pensar por sí misma y a obtener el logro de su identidad. La novela arrancó “a Sofía de lo cotidiano para de repente ponerla ante los grandes enigmas del universo”[23].

La dimensión personal de interioridad, que hace de la persona un ser independiente frente al mundo, abierto al mundo de valores, de ideas y de sentimientos, “hace referencia a la búsqueda constante de identidad, como el encuentro de la persona consigo misma y de ésta con los demás”. Es por ello que “perder la identidad es perder lo propio que le pertenece a la persona, aquello que la singulariza y que le abre la posibilidad de enriquecimiento con el otro. Perder la identidad es ser masa, es ser uno con las cosas”[24].

La definición de la identidad requiere que el joven comprenda la realidad en que vive a través de diversas cosmovisiones, porque es frecuente que muchos únicamente la perciban, interpreten y sistematicen a través de la más tradicional, la más convencional, la más arraigada y la más impuesta (la religiosa), desconociendo que hay diversas formas de contemplar, ver, entender y comprenderla, como la cosmovisión científica, filosófica y estética, entre otras. La comprensión de nuestra realidad, de nuestro mundo, de nuestro universo, mediante una sola cosmovisión, como la religiosa (que es la que más impera y nos condiciona), nos convierte en seres unidimensionales, atentando contra nuestra naturaleza de seres pluridimensionales. Una cosmovisión  )“los ojos con que vemos el mundo”) es un sistema de pensamiento mediante el cual fundamentamos o sustentamos determinadas posturas con relación a nosotros mismos, a los demás y al universo. Para entender un poco en la práctica cómo influyen las cosmovisiones en nuestra vida, veamos un ejemplo que se nos presenta cotidianamente. Cuando una persona está “enamorada” y su forma de amar esta empantanada, confundida, complicada, con la posesividad, la obsesión, los celos, el acoso, el maltrato (físico y emocional) y otras pasiones que no lo dejan disfrutar de su amor y de su vida en paz, es decir cuando “el amor es enfermizo”, hay múltiples explicaciones de este “extraño” comportamiento. Desde la cosmovisión religiosa (un tanto superficial y que contiene elementos irracionales como lo supersticioso, lo mítico, lo mágico, etc.) se dirá que esa persona está “embrujada”, que está “encaprichada”, que le hicieron un “maleficio”, que se “adueñaron” de su voluntad, que le dieron un “bebedizo” o que es un “pendejo”. Desde la cosmovisión científica (un poco más profunda y racional) se dirá que esa persona tiene problemas de autoestima, de dependencia, de inseguridad, de inteligencia emocional, de neurosis, de trastornos de personalidad, y que, por tanto, necesita ayuda psicológica. Desde la cosmovisión filosófica (muy profunda) se dirá que esa persona desconoce la importancia de la libertad y la autonomía de los demás, que no reconoce el derecho a ser diferentes y a decidir soberanamente sobre sus afectos y su vida, que ignora que con su “peculiar” estilo de amar está instrumentalizando y cosificando a la persona que dice amar, y que aún no le ha encontrado un sentido a su vida. Así mismo, desde la cosmovisión estética (percepción y representación de determinados aspectos de la realidad bajo el criterio predominante de lo bello) se dará otra explicación totalmente diferente a las anteriores, pero que nos mostrará otra visión de la misma problemática, por cuanto permite descubrir aristas de la realidad que no contemplan otras cosmovisiones. “Cualquier modo de mirar el mundo es sólo uno entre muchos”[25].

La autoestima contribuye al logro de la identidad. La autoestima es el sentimiento valorativo de nuestro ser, de nuestra manera de ser, de quienes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. Esta se aprende, cambia y la podemos mejorar. Es el valor individual que cada quien tiene sí mismo. Es el concepto que tenemos de nuestra valía y se basa en todos los pensamientos, sentimientos y experiencias que sobre nosotros mismos hemos ido recogiendo durante nuestra vida. Se relaciona con la suficiente autoestimación que hace al ser humano más seguro, más capaz y, por consiguiente, más productivo, ya que le permite reafirmar su autoimagen como alguien portador de valores y sujeto a deficiencias que debe superar. Consiste en el reconocimiento objetivo de los propios valores. Es el aprecio que se logra de la misma persona. Es fundamentalmente quererse y respetarse a sí mismo, buscar siempre lo mejor para uno. La autoestima se desarrolla con fundamento en la seguridad de ser y sentirse valioso para nuestros semejantes. Es importante para la supervivencia psicológica. Es esencial en cada sujeto porque contribuye al perfecto funcionamiento psíquico del ser humano y su forma de convivir con otros seres sociales.

La persona que tiene alta autoestima siente que es importante, que el mundo es un lugar mejor porque ella está ahí. Tiene fe en todo lo que realiza, si bien solicita ayuda a los demás, lo hace porque al creer en sí mismo escucha opiniones y es capaz de quererse t respetar a los demás. Irradia confianza, esperanza y se acepta a sí misma. La persona con su autoestima alta usa su intuición y percepción. Es libre, nadie la amenaza, ni amenaza a los demás. Dirige su vida  hacia donde cree conveniente, desarrollando habilidades que hagan posible esto. Es consciente de su constante cambio, adapta y acepta nuevos valores y rectifica caminos. Aprende y se actualiza para satisfacer las necesidades del presente. Acepta su sexo y todo lo relacionado con él. Se relaciona con el sexo opuesto en forma sincera y duradera. Ejecuta su trabajo con satisfacción, lo hace bien y aprende a mejorar. Se gusta a sí misma y gusta de los demás. Se aprecia y respeta a sí misma, y aprecia y respeta a los demás. Se percibe como única y percibe a los demás como únicos y diferentes.  Así mismo, conoce, respeta y expresa sus sentimientos y permite que lo hagan los demás. Toma sus propias decisiones y goza con el éxito. Acepta que comete errores y aprende de ellos. Conoce sus derechos, obligaciones y necesidades, los defiende y desarrolla. Asume sus responsabilidades, y ello le hace crecer y sentirse pleno. Tiene la capacidad de autoevaluarse y no tiende a emitir juicios de otros. Controla y maneja sus instintos, tiene fe en que los otros lo hagan. Maneja su agresividad sin hostilidad y sin lastimar a los demás. Tener confianza y seguridad en sí mismo ayuda a hacer la vida mucho más agradable y alcanzar con mayor facilidad las metas propuestas.

“La alta autoestima es uno de los recursos más valiosos de que puede disponer un adolescente. Así aprende a desarrollar relaciones más gratas, aprovecha las oportunidades que se le presentan, tiene metas a seguir. El y la adolescente que termina esta etapa de su vida con una autoestima positiva y bien desarrollada entrará a la etapa adulta con bases sólida para lograr una vida productiva y satisfactoria.

La adolescencia es la etapa del desarrollo humano más crítica para afianzar la autoestima. El y la joven apenas comienza a definir su identidad, tiene que reconocerse como una persona distinta, conocer sus posibilidades, su talento y sentir su valor como persona que avanza hacia un futuro.

La autoestima va influir en el y la adolescente, en cómo se siente, piensa, aprende, crea, valora, se relaciona y comporta. Podrá saber con claridad con qué recursos y objetivos cuenta. Ayudar a los y las adolescentes a acrecentar su autoestima puede inducir situaciones beneficiosas y reforzar recursos para la vida adulta. Durante la adolescencia fraguar su identidad y sentirse bien consigo mismo es una auténtica necesidad. Si puede satisfacer tal expectativa, a su debido tiempo, podrá seguir adelante y alistarse para asumir la responsabilidad de satisfacer sus necesidades en la vida adulta.

La mayoría de los adolescentes, independientemente de su estrato social, carece de un concepto definido de sí mismo. Como persona ignora sus necesidades, niega sus obligaciones, no les da importancia o las evade; ya que su energía está orientada a complacer o satisfacer a los demás…

La autoestima se consolida como el resultado de la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, tomando en cuenta nuestras capacidades y sentido de nuestra valía personal. En este proceso debemos aprender a desarrollar todos los elementos que estén íntimamente ligados a la naturaleza personal”[26].

La autoestima (qué tanto me quiero) se compone de: autoimagen (qué tanto me gusto), autoconcepto (qué pienso de mí mismo), autoeficacia (qué tanta confianza tengo en mí mismo) y autovaloración (cuánto valgo), autodimensión (qué tanto creo y ayudo a los demás), autoconciencia (para qué sirvo y para qué soy bueno), autoproyección (cómo se sienten los demás al relacionarse conmigo y cómo se siento con ellos), autoexpectativa (cómo busco y espero lo mejor de la vida), automotivación (qué razones tengo para actuar de una manera determinada),  autocontrol (qué dominio tengo sobre mí), autonomía (soy yo mi propia ley y mi propio gobierno) y autodeterminación (qué tanto soy capaz de tomar mis propias decisiones).

Un docente de filosofía, si es un intelectual con depurado espíritu crítico, en el quehacer filosófico en procura de contribuir a la consolidación o cierre de una óptima identidad del estudiante, no puede desconocer que, tal como lo plantea la aludida Leonor Noguera Sayer, el mismo marco jurídico institucional insta a seguir normas y modelos que conllevan a la repetición de lo mismo, sin  generar espacios para la práctica de la criticidad, el debate y la auténtica búsqueda de la verdad. “Obsérvese el código educativo en cualquiera de los campos en donde se aplica y se verá la invitación a seguir las normas y los modelos escogidos como ejemplares… La óptica desde la cual miramos es conjunta, es enseñada y aprendida; no se propone el descubrimiento del propio lugar para la propia mirada; sólo se trajinan las preguntas que ya tienen respuesta y sobre la fidelidad a ellas, se valora el conocimiento y/o la madurez… No se promueve el espacio para el debate que desarticule las verdades tan fuertemente definidas porque se confunden con la identidad de sus adherentes.  Las discusiones, son formas de entretener la atención, ayudándonos a ser aún más fieles a los dictados de la organización social, jerárquica, escalonada y majestuosa. La invitación se dirige a la proximidad, al acuerdo, a la bienaventuranza de acogernos a las verdades universales que de alguna forma responde a la primigenia añoranza de unidad y de fusión”[27]. La tarea educativa, por el contrario, es un compromiso existencial en el que se posibilite el descubrimiento en el interior de sí o del entorno como una experiencia en sí mismo, en donde haya lugar para la sugerencia, la sorpresa, para las preguntas y para las respuestas, como una aventura de la imaginación, que al unirse a la realidad, la descubre y la trasforma. Aquí, en el cierre de la identidad del alumno, será de poca ayuda la educación tradicional, que es el culto a lo ya conocido, en donde “se toleran preguntas en relación con la materia académica, mas no con las actitudes que el sagrado maestro imparte, ejemplifica, aprueba o reprende, silenciando o permitiendo de la discusión aquella dosis mínima, necesaria para que el como si que la caracteriza, se convierta en un sí aparente pero más fuerte que evite enfrentamientos con  calado y profundidad”[28]. En este sentido se pronuncia el profesor Julio César Carrión C.[29] (licenciado en ciencias sociales), al señalar que el tipo de educación (autoritaria) prepara a los individuos para el manejo de un conjunto de disfraces que sabrán colocarse acomodaticiamente en cada particular situación de su diario vivir. Corresponde a la educación –agrega- la formación de ciudadanos para la vida democrática, la participación comunitaria, el ejercicio de la contradicción y el conflicto, pero fomentando el respeto por las diferencias.  Entender las diferencias es aceptar que otros piensen distinto, y “mientras más piensen otros más posibilidades tengo yo de pensar”, nos decía el maestro Zuleta.

El genuino maestro de filosofía, en un auténtico gesto de eticidad y honradez consigo mismo y con los estudiantes, acudirá a su irrefutable e incuestionable sagacidad y habilidad profesional para contribuir, con el valioso aporte del filosofar, a que los discentes logren una satisfactoria definición de su identidad, por cuanto, como ya se vio, no lograr este vital propósito les acarrea diversas dificultades en el transcurso de la existencia. En concepto de Erikson, no logar forjarse una identidad lleva a la confusión de roles y a la desesperación. Si una persona no ha resuelto con éxito la crisis de identidad de la adolescencia, puede tener serios problemas para elegir un rumbo adecuado. El hecho de lograr el sentido de la identidad personal permite establecer relaciones personales satisfactorias. El psicólogo J. L. Orlofsky, citado por Morris, concluye que “un sentido positivo de la identidad constituye la base de las relaciones personales satisfactorias”.

El quehacer filosófico le permitirá al estudiante saber dónde está, qué es lo que quiere y para dónde va; porque quien no sabe a dónde va es un perdido en la existencia. La naturaleza del pensar determina la naturaleza del ser. Por eso se necesita vivir de acuerdo a como se piensa, para no terminar pensando como se vive. El adolescente, luego de definir su identidad, deberá tener objetivos y metas perfectamente claras en la existencia.

El joven es un ser grandioso con todo un horizonte infinito de posibilidades en donde buscar y desarrollar un proyecto de vida auténtico que le permita trascender la alienación y los sofismas que le impone la cultura, con el ánimo de que tenga perfectamente claro quién es él, dónde está y qué quiere hacer con su vida.  Tiene que consolidar su identidad individual. “Como lo han expresado los filósofos humanistas, el carácter inacabado del ser humano hace que la construcción de la identidad individual, el proceso de convertirse en persona, sea ante todo un proyecto, una apuesta hacia el futuro inexistente en cuyo diseño y realización el ser humano se juega la vida”[30].

Al observar tantos conflictos entre los docentes y los discentes y, sobre todo, al apreciar que muchos jóvenes terminan su educación media, es decir se gradúan de “bachilleres” sin haber logrado su identidad, surge la inquietud que algunos “educadores” pareciere que desconocen la profunda y compleja psicología del adolescente, un “ser en crisis”.  Ignoran acaso que adolescencia, en su misma etimología, quiere decir crecer, avanzar, desarrollarse, hacerse fuerte, superar la época tutelar; también da la impresión de no ser conscientes que el adolescente de nuestro contexto “se halla dentro de una situación casi desesperada, de aislamiento entre generaciones, de pocas posibilidades de participación social y política ante un futuro de subempleo o desempleo, ante una educación de baja calidad que no los entusiasma y que no asegura ni empleo, ni progreso social, es una sociedad sin un proyecto claro de futuro en el cual ellos puedan insertarse”[31]. Nubia Lobo Arévalo y Clara Santos Rodríguez dicen que “nunca podremos saber hasta qué punto la ignorancia de la psicología y de la pedagogía… es la responsable de oportunidades perdidas, ambiciones defraudadas, esfuerzos abandonados, casos de crímenes y delincuencia, defectos mentales específicos y personalidades desintegradas”. El educador, como experto en ingeniería humana, influye en la modelación de la inteligencia y de la personalidad de sus educandos. “La labor del docente –agregan dichas educadoras- es mucho más compleja que cualquiera otra actividad profesional, por tanto exige una permanente actualización y preparación para hacer de la tarea educativa una actividad agradable y fructífera”[32].

Con grande acierto sentenciaba Platón que  era más importante la ciencia de educar a la juventud que la ciencia de gobernar al pueblo. El reconocido intelectual William Ospina precisa que, ante nuestra degradante realidad colombiana, nadie se siente convocado por un proyecto de sociedad y que “los jóvenes se aturden por gozar el presente sin preguntas y sin pensamientos porque nadie cree en el futuro, salvo cuatro caballeros de industria y sus voceros en los medios de comunicación”[33]. Según Estanislao Zuleta, la educación actual reprime el pensamiento, porque “lo que se enseña no tiene muchas veces relación alguna con el pensamiento del estudiante, en otros términos, no se le respeta, ni se le reconoce como un  pensador, y el niño es un pensador[34].  Un iconoclasta como André Bretón afirma en su Primer manifiesto surrealista que los “cuidados” de sus educadores le habían destrozado su infancia. Tanto de la educación familiar como de la educación escolar depende un valioso aporte en la búsqueda de la identidad, porque la adolescencia, tal como nos dice el aludido Héctor Daniel, es, si se quiere una etapa muy delicada y clave en el desarrollo de la personalidad que va a regir la vida del adulto, su desarrollo social, emocional y desenvolvimiento positivo en la sociedad.

Es por ello que el estudiante no se motiva, y por falta de motivación incurre en indisciplina y bajo desempeño académico. Debido a que uno de los quehaceres concretos del educador es despertar la motivación interna del estudiante, aquél no puede renunciar a esta tarea, teniendo en cuenta que “el niño es un investigador” (de acuerdo con la teoría psicoanalítica freudiana) y “si se le reprimen y lo ponen a repetir y a aprender cosas que no le interesan y que él no puede investigar, a eso no se le puede llamar educar”[35]. Las diversas teorías pedagógicas insisten en la importancia de la motivación del alumno. Ya desde los tiempos renacentistas, ese gran humanista y genio universal, el filósofo Erasmo de Rótterdam, además de criticar la educación autoritaria, abogaba por la motivación de los estudiantes.

Ese desconocimiento de la psicología del adolescente les impide saber (o se hacen los que no saben) que la adolescencia se compone de una larga serie de crisis; que “constituye una etapa difícil en el desarrollo de las personas”[36],  y que es una época de agitación que hace complicada la adaptación al joven, por lo cual “no admite ya la autoridad de sus padres y de sus maestros como evidente e indiscutible”[37]. Por eso, a veces, “discute en forma violenta, impulsiva y dogmática, enfrentándose con su medio familiar o social”[38], debido a que afronta algunos cambios psíquicos como la rebeldía, la ciclotimia y la dialéctica. Al ignorar todo esto, inexorablemente, el “profesor” se convierte en un ser intolerante, incapaz de reconocer el derecho a la diferencia (esencia del humanismo moderno) y el reconocimiento del otro como una persona distinta a él (alteridad), como un ser único e irrepetible, que tiene su universo propio y su cosmovisión particular. Estas actitudes de los “educadores” propician que los conflictos del joven (en proceso de búsqueda de identidad) se generalicen y se agraven, ante lo cual “se sentirá impulsado hacia muchas direcciones simultáneamente y será incapaz de tomar una decisión sobre su futuro”[39]. ¿De qué le sirve a un joven salir del colegio con un diploma en sus manos si no sabe quién es, para dónde va y qué quiere hacer con su vida?




LUIS ANGEL RIOS PEREA
Luvina1111@yahoo.com


[1] MUÑOZ FERNÁNDEZ, Sergio. La identidad del adolescente.
[2] VARIOS. Guía para una Vida Plena. Círculo de Lectores, Bogota, 1984, p. 101.
[3] VARIOS. Cambios físicos y psicológicos del adolescente, en “Formación familiar y ciudadana”. Santillana, Caracas, 2010.
[4] DAVITZ, Lois y Joel. Su Hijo Adolescente. Editorial Norma, Bogotá, 1995, p. 119.
[5] Ibídem.
[6] FELDMAN, Robert S.  Psicología. McGradw Hill, México. P. 370.
[7] Ibídem.
[8] VARIOS. Desarrollo psicológico y sexual del adolescente, en “Formación familiar y ciudadana”. Santillana, Caracas, 2010.
[9] TORRES MARTÍNEZ, Gertrudis. Desarrollo del Niño en Edad Escolar. USTA, Bogotá, 1992, p. 329.
[10] SAVATER, Fernando. Ética para amador. Ariel, Bogotá, 1994.
[11] QUEVEDO BARRAGAN, Ana Judith. Proyecto de vida. www.monografias.com
[12] NOGUERA SAYER, Leonor.  En Busca de una Vida Propia. Planeta, Bogotá, 1995, p. 113 y 118.
[13] MUÑOZ FERNÁNDEZ, Sergio. Ob. cit.

[14] DURAVIA, Luis. Dimensión Afectiva de la Personalidad. Editorial Kimpres Ltda., Bogotá, 1992, p. 115.
[15] VARIOS. Filosofía 2. Voluntad.
[16] MORRIS, Charles G. Psicología, un nuevo enfoque. Prentice-Hall Hispanoamericana, S. A., México, 1987, p. 375.
[17] DARAVIA, Luis. Ob. cit. P. 115.
[18] BIBLIOTECA DE CONSULTA MICROSOFT ENCARTA.
[19] DARAVIA, Luis. Ob. cit. P. 92.
[20] DANIEL, Héctor. Los adolescentes en busca de su identidad. www.monografías.com.
[21] VARIOS. Desarrollo psicológico y sexual del adolescente, en “Formación familiar y ciudadana”. Santillana, Caracas, 2010.
[22] GAARDER, Jostein. El mundo de Sofía. Siruela-Norma, Bogotá, 1995, p. 3.
[23] GAARDER, Jostein. Ob. Cit. P. 9.
[24] SUÁREZ ALARCÓN, José Antonio. El hombre, realidad personal: problemática y dimensiones. En Antropología, perspectiva latinoamericana. Usta, Bogotá, 1993, p. 229.
[25] DE BONO, Edward. Ob. cit.
[26] VARIOS. La autoestima, en “Formación familiar y ciudadana”. Santillana, Caracas, 2010.
[27] NOGUERA SAYER, Leonor. Ob. cit. P. 117
[28] Ibídem. P. 141.
[29] CARRIÓN C., Julio César. Ensayo publicado en la revista Educación y Cultura.
[30]  VELASCO ORTIZ, Rodrigo. Revista “Cuestiones”. Universidad Autónoma de Bucaramanga, 1999, p. 3.
[31] TORRES MARTÍNEZ, Gertrudys. Ob. cit.
[32] LOBO ARÉVALO, Nubia y SANTOS RODRÍGUEZ, Clara. Psicología del aprendizaje. Usta, Bogotá, 1993.
[33] OSPINA, William. ¿Dónde está la franja amarilla?
[34] ZULETA, Estanislao. Educación y democracia. Un campo de combate. Corporación Tercer Milenio, Bogotá, 1.995, p. 19.
[35] Ibídem, p. 20.
[36] FELDMAN, Roberto. Ob. cit.  P. 365.
[37] TORRES MARTÍNEZ, Gertrudis. Ob. cit. P. 330.
[38] Ibídem.
[39] MORRIS, Charles. Ob. cit.  P. 358.

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